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Mucha gente respira, yo escribo.

lunes, 6 de agosto de 2012

Katherine



Te espero, pero parece que nunca llegues. Los minutos pasan como si fuesen horas, y tú no estás aquí. Me siento en mi silla, y miro el asiento que te corresponde normalmente a ti.
Vacío. Silencio.
Empiezo a preocuparme. Siempre estás aquí a esta hora.
Me intento tranquilizar durante unos instantes, seguramente estarás al llegar. Miro la fotografía que se encuentra en la pared de nuestra habitación.

Veo nuestras sonrisas. Entonces sí éramos felices. Supongo que esa foto nos la hicimos cuando fuimos de vacaciones hace cinco años. Rememoro todos los instantes  de ese viaje, y recuerdo cada y una de las sonrisas que tuvimos en nuestro rostro. Entonces todo nos hacía sonreír, por pequeño o minúsculo que fuese.
Pero ahora… ahora no sonrío tanto. No soy la de antes, la que conociste hace un tiempo. Ambos hemos cambiado. Ya no somos los de antes. Nos cuesta sonreír, no pasamos momentos buenos juntos.
¿Merece la pena seguir adelante en este camino?

Se abre la puerta.
-Katherine, ya he llegado – dice él.

No sé qué hacer. No sé cómo mirarle. Hace unos pocos instantes que he estado pensando ir hacia otro camino en mi vida, en solitario, sin él.

-Katherine, ¿estás aquí? – repite él, buscándome.

Siento el impulso de irme, dejarlo todo, y empezar de nuevo. Necesito ser esa Katherine que abordaba sonrisas constantemente. Necesito salir por la puerta de mi hogar y sentir la libertad que ha estado tan ofuscada desde hace un tiempo.
Y lo hice.
-¿Dónde vas, Katherine? – insistió él, ya que no sabía qué me pasaba.

No respondí. Me fui sin más, y nunca más volví.  
Empecé una nueva vida, donde estaba segura de no volverle a ver.
Ahora lo pienso bien, y no sé bien lo que me condujo a partir para no volver. Pero me armé de valor y salí. No pensé en las consecuencias que pudo tener ese acto en el curso de mi vida, pero ahora por lo menos sonrío.


miércoles, 1 de agosto de 2012

Lágrimas



Si no escribo estas líneas en este cuaderno empezaré a llorar – dijo ella.
Y ella nunca lloraba.
Había ido creando, al paso de sus años de vida, una coraza que le permitía dejar apartados de su rostro sus sentimientos. Lo único que sabía cómo se sentía verdaderamente era su libreta, desconocida para todas las personas cercanas a ella, en la que escribía cuando necesitaba desprenderse de su coraza. Pero le era imposible apartarla ya de ella misma: era demasiado gruesa, demasiados años había pasado ella fingiendo, ya era demasiado tarde.
Pensaba que si alguien descubría esa libreta, y sus sentimientos salieran a la luz, le verían débil. Débil como una hoja en otoño que cae lentamente de su árbol. Débil como un recién nacido en este mundo.
Débil como ella misma se sentía por dentro.
Sabía perfectamente que no podía continuar durante mucho tiempo. Cada persona sus límites, y ella estaba llegando a éllos.
Pero a veces llorar es una solución. Dejar que las lágrimas corran por tu rostro, y mostrar tus emociones, no es malo. Te hace más humano.
Ella lo sabía. Sin embargo, ella misma lo impedía.
¿Era ya demasiado tarde para hacerse fuerte llorando, de una vez por todas?